Historia de La Giraldilla.

 
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  Realidad o leyenda? Cuando Inés de Bobadilla vio partir a su esposo aquella calurosa tarde de mayo de 1539, lo hizo con la certeza de que volvería a verlo. Hernando de Soto no era un hombre común, había llegado al Nuevo Mundo muy joven y se hizo de una gran fortuna cuando participó en la conquista del Perú. Pero, mucho antes de llegar a convertirse, a golpe de coraje, en uno de los principales capitanes de Pizarro, antes de explorar el territorio de los Andes, antes de descubrir el camino que conducía al Cuzco y

capturar y simpatizar después con el emperador inca Atahualpa; mucho antes…había conocido a Pedrarias Dávila y a la joven que, por muchos años, le inquietaría el sueño...

Pedrarias Dávila, noble y experto conquistador, poseía un talento natural para reconocer las flaquezas o la valía de los hombres y cuando se percató del coraje del joven de 16 años, lo tomó bajo su tutela y más tarde se lo llevó con él a las nuevas y desconocidas tierras en donde, conquista tras conquista, demostró Soto su valor y su espíritu aventurero.

 Tratado como si fuera de la familia conoció a Inés cuando ambos eran casi adolescentes, pero su falta de linaje no le permitía casarse con una mujer como ella. Se limitaron a quererse en silencio, por respeto y por consideración al hombre que había sido su protector y maestro pero que nunca accedería a verlo casado con una de sus propias hijas.

 Inés era bella, inteligente, discreta. Procedía de una de las familias más respetadas de Castilla que además contaba con gran influencia en la corte. Sus hermanos se habían casado con vástagos de casas reales y su destino, por supuesto, debía ser el mismo. Pero con la muerte de Pedrarias Dávila en 1831 el camino se allanaría para Hernando.

Volvió a España en 1936, rico, con más de 100 000 pesos en oro, pero con el corazón indignado por los sucesos en Perú: Francisco Pizarro, en su ausencia, había ejecutado al jefe indio después de que este hubiera pagado en oro lo acordado para salvar su vida.

Encontró sosiego en su amor por su antigua quimera. Para ellos construyó entonces una residencia fastuosa y un año después se casaba en Sevilla con aquella que le seguiría hasta el otro extremo del mundo.

Vivieron un tiempo entre la ostentación y la abundancia ,con una vida social a la altura de su rango hasta que el ánimo aventurero de Hernando y los rumores de que  la recién descubierta Florida era un paraíso de riquezas como lo fueron México y otras tierras del sur, le convencieron de pedir un permiso de la Corona para colonizar y pacificar esas tierras,además de los títulos de adelantado de la Florida y gobernador de la villa de la Habana que le fueron concedidos fácilmente por la influencia que ejercía la familia de su esposa en la corte.

Casi 1000 hombres y 10 barcos se dispusieron a seguirlo. ÉL salió el 6 de abril de 1538 capitaneando la nao insignia San Cristóbal y acompañándolo a su lado: Inés.

Probado estaba que su amor era sincero. En esa época muy pocas eran las mujeres que se atrevían a seguir a sus esposos pero por él dejó su lujosa vida en Sevilla, cargó con lo que pudo y navegó todo un océano para llegar a unas tierras desconocidas donde tuvo que acomodarse, exenta de cualquier suntuosidad del pasado, en unos bohíos improvisados que componían lo que era entonces la rústica Villa de San Cristóbal de la Habana de 1538.

 Habían llegado por Santiago de Cuba y viajado después a la Habana, una villa que, aunque fundada desde 1519, no pasaba de ser un puñado de casas improvisadas a la orilla de una bahía. Se dice que Hernando, entre sus tantas aventuras, ya había participado en la urbanización de otra ciudad, Natá, en la Panamá conquistada, así que no es de asombrar que pronto dispusiera el comienzo de la urbanización de esta y  la construcción del primer castillo de La Fuerza para su defensa. Alrededor de este primer fuerte comenzaría a crecer poco a poco la ciudad.

Sólo un año hacía que estaban en la isla cuando empezó a preparar la expedición hacia la Florida, en Cuba dejaría a su esposa, acompañada de varias doncellas y de uno de sus hermanos, fray Francisco de Bobadilla, quien le serviría de compañía y consuelo en los posteriores días de incertidumbre y dolor.

La expedición zarpó una calurosa tarde de mayo de 1539  y sería la última vez que vería a su esposo.

Ansiosa esperó cualquier noticia que viniera de las tierras del norte y se quedaba horas en lo alto del castillo de la Fuerza con los ojos clavados en el mar como si su mirada pudiera hacer aparecer los barcos que esperaba.

Hernando de Soto, primer gobernador que tuvo la villa de San Cristóbal de la Habana, nunca volvió.

En lo alto de la torre del actual Castillo de la Fuerza  la figura de la giraldilla evoca la leyenda y ampara a nuestra ciudad con su paciencia, su lealtad y su amor.

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Por qué no volvió Hernando de Soto?

 

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